– La misa de réquiem

Qué debemos saber sobre ello y algunos consejos aclaratorios para los feligreses

¿Qué es la misa de réquiem?

Según las enseñanzas y la fe cristiana, la vida del ser humano no finaliza con la muerte del cuerpo, sino que el alma continúa su existencia más allá de los límites de la vida terrenal. Por esta razón, no dejamos caer en el olvido a los fallecidos después de su entierro, sino que les recordamos siempre, rezamos y mediamos por su descanso y el perdón de sus pecados.

Mientras estamos vivos podemos hacer mucho por nuestras almas: vigilar, ayunar, rezar continuamente, etc. En cuanto nos morimos, sin embargo, nada de esto podemos ya hacer. Sin embargo, si alguien le habla a Dios de los fallecidos, Dios lo oye y escucha su oración. En otras palabras, ante Dios es muy útil y provechosa la mediación. Cuando nuestros seres queridos se van de este mundo, dejan tras de sí esta petición que suena más bien a mandato: „…os pido a todos, con insistencia os pido, rezad sin cesar a Cristo-Dios por mí, para que no sea enviado, según mis pecados, al lugar de castigo, sino que me coloque donde está la luz de la vida” (Alabanza de la misa funeral). Así, pues, los difuntos piden que nos acordemos de ellos, que siempre hagamos algo para sus almas.

¿Qué podemos hacer por ello? ¡Rezar, dar limosnas y hacer obras de caridad!

La misa que se hace para los difuntos (la misa de réquiem) se llama parastas (del griego parastasis = estar en línea con alguien, estar al lado de alguien, mediar por alguien) y significa oración de mediación ante Dios para las almas de aquellos que no están entre nosotros.

El cristiano no se olvida de sus muertos después de su entierro, sino que se preocupa de rezar por ellos, de recordar sus nombres. En la iglesia ortodoxa, los periodos para recordar individualmente a los difuntos son los siguientes:

A los tres días de la muerte (que suele coincidir con el día del entierro), en honor a la Sagrada Trinidad y a la Resurrección de Cristo, el tercer día;

A los nueve días después de la muerte, „para que el difunto sea digno de juntarse con los nueve coros de ángeles y en el recuerdo de la novena hora, cuando el Señor, antes de morir crucificado, prometió al ladrón el paraíso, que esperamos que también nuestros muertos vayan a heredar„;

A los cuarenta días (o seis semanas), en el recuerdo de la Ascensión del Señor, que ocurrió a los 40 días después de su Resurrección, „para que de la misma manera ascienda al cielo el alma del difunto „;

A los tres, seis y nueve meses, en honor a la Sagrada Trinidad;

A un año, según el ejemplo de los cristianos de la antigüedad, que cada año celebraban el día de los mártires y de los santos, como día de su nacimiento en la vida de más allá.

Cada año, hasta el séptimo año después de la muerte, la última misa anual de réquiem  recordando los siete días de la creación.

¡Importante!

Para no equivocarse con respecto a los preparativos para estas misas, lo mejor es ponerse previamente en contacto con el sacerdote para acordar la fecha y la hora de la celebración religiosa de la misa.

Habitualmente, estas misas de réquiem no se hacen en cualquier día de la semana, sino sobre todo los martes, los jueves y los sábados.

Junto con los días establecidos para recordar individualmente a los muertos, la Iglesia ha establecido días de réquiem general para los muertos, como sigue: el sábado antes de empezar la cuaresma, o el sábado del Temible juicio, llamado también El recordatorio de invierno; el sábado antes del descenso del Espíritu Santo, o El recordatorio de verano; a estos la tradición ha añadido El recordatorio de otoño (entre el 26 de octubre y el 8 de noviembre); los sábados del periodo de cuaresma; la Pascua de los mansos (el lunes después del Domingo de Tomás); el Jueves de Ascensión, especialmente para los héroes; y, finalmente, el día del patrón de cada parroquia.

Todos estos días de réquiem, individual o colectivo, son momentos de viva y profunda comunión con los difuntos. Esos días deben ser respetados y cultivados, ya que solo de esta maner mantenemos vivos el culto de los muertos y su recuerdo.

Al mismo tiempo, para cada uno de nosotros, recordar a los muertos  es una oportunidad para reflexionar. Sin duda, la muerte es el más seguro y, a la vez, el más terrible evento de nuestras vidas. Naturalmente, siempre lo tenemos presente y nos hace reflexionar. Nadie puede firmar ningún contrato con la vida terrenal para poder prolongarla… por tanto, pensar en la muerte, con lo más profundo de nuestras almas, nos corrige y nos hace más realistas, ¡nos mejora!

¿Qué artículos preparamos para la misa de  réquiem?

La misa de réquiem está siempre precedida por la Sagrada y Divina Liturgia que se celebra en la Iglesia. Para ella, todo cristiano debe traer coliva, una rosca, vino, velas, incienso y carbón.

Coliva (preparado de sémola de trigo hervida, endulzada con miel o azúcar; palabra sin traducción literal al español) representa el mismo cuerpo del difunto. Tiene, además, un especial significado espiritual, siendo un símbolo de la resurrección del cuerpo: tal y como el grano de trigo, para brotar y dar fruto debe ser antes enterrado, de igual forma el cuerpo humano primero se entierra, para que luego resuscite en gloria eterna. Los dulces que entran en la composición de la coliva representan la dulzura de la vida eterna, que deseamos a nuestros muertos y rezamos para que la consigan.

Sobre la coliva se coloca la Santa Cruz y se decora cuidadosamente (habitualmente con caramelitos de colores que remiten a la belleza de las obras de caridad que el difunto haya dejado como testimonio de su paso por esta vida).

La rosca se debe hacer moldeada en trenza y debe llevar gravados encima símbolos litúrgicos (la santa cruz).

Sobre la coliva y la rosca se colocan velas encendidas. La vela es el símbolo de nuestro paso por la vida. Así como ella arde y se consume, de igual manera arde y se consume nuestra vida. La vela simboliza asimismo al hombre bueno: para que la vela dé luz debe arder y poco a poco consumirse. De igual forma, los cristianos (a quienes Jesucristo les dijo „Vosotros sois la luz del mundo„), para iluminar a los de su alrededor, para ser coherentes y vivir coprrectamente su fe, deben sacrificarse, ofrecerse a sí mismos a los demás, consumirse todos los días poco a poco.

La vela se parece también a los seres humanos en su fragilidad. Se rompe con facilidad, se deshace en pedazos, y sin embargo ofrece algo que no ofrece la dureza de la piedra, ni el agua, ni la tierra: la llama, que da luz y calor al mundo.

El vino, que se vierte formando una cruz sobre la coliva (el cuerpo del difunto), representa los óleos con los que fue ungido  el cuerpo del Señor.

Asimismo, es costumbre ofrecer una toalla (‘prosop’, del griego prósopon = persona) para recordar a la persona en cuyo nobre se ha ofrecido.

Hemos mencionado ya que, al lado de las oraciones, son necesarias las limosnas y las obras de caridad.

A través de la caridad se consuelan las almas de los difuntos. „La caridad limpia todos los pecados” (Tobit 12,9). Con toda seguridad, debemos ofrecer caridad y limosna a aquellos que las necesitan: al hambriento, al desnudo, al sediento. Cuando nuestro prójimo recibe limosna y caridad, se alegra y se consuela. Y si él reza por los difuntos, su oración tiene un gran poder (por ello la fórmula con la que recibimos una ofrenda o limosna en el recuerdo de una persona fallecida es ¡Que Dios le perdone!).

Aquel que da comida al hambriento, bebida al sediento, ropa al desnudo, amparo y cobijo al desamparado, sirve al Señor, porque el Señor se identifica con todos ellos. Quien visita a los enfermos y a los presos, a Dios visita. En las sagradas escrituras está escrito: „Aquel que da al pobre, le presta a Dios y Él le pagará su buena obra” (Proverbios 19,17).

¿Cuándo no se deben hacer misas de réquiem?

No se hacen misas de réquiem en los siguientes días y periodos del año:

a) Los domingos del año, ya que el domingo recuerda el día de Resurrección, por tanto es día de alegría, no de tristeza;

b) Los doce días comprendidos entre el Nacimiento del Señor y su Bautizo. Aunque en algunas iglesias se celebren por lo general misas de réquiem los domingos, está totalmente prohibido celebrarlas en los domingos del Pentecostés, para no oscurecer la alegría de la gran fiesta de Resurrección;

c) Desde el comienzo de la cuaresma hasta el primer sábado, el sábado de San Teodoro;

d) Desde el sábado de Ramos, hasta el domingo de Tomás;

e) En las fiestas grandes o imperiales;

f) Durante la cuaresma no se hacen misas de réquiem entre semana (lunes, martes, miércoles, jueves y viernes) ya que en esos días no se celebran liturgias habituales o plenas.

Otros consejos relativos a las misas de réquiem

Es aconsejable que las misas de réquiem se celebren después de la sagrada liturgia, porque esta es la más importante misa de mediación por los difuntos.  En caso de que no sea posible siempre, por lo menos a los cuarenta días de la muerte, al año o a los siete años es recomendable que la misa de réquiem siga justo después de la sagrada liturgia.

Cuando se concreta la lista de los difuntos a recordar, no hace falta mencionar el tiempo transcurrido desde su muerte. Los libros de culto no mencionan nada a este respecto, y los sacerdotes no deben añadir nada, ya que no se trata de llamarle la atención al Señor sobre el tiempo transcurrido.

Para la misa de réquiem a los cuarenta días, llamada en algunos lugares „misa de levantamiento de Panaghia”, además de todoas las cosas que hemos mencionado, se debe preparar un ícono y una rosca. De esta rosca el sacerdote saca una parte que coloca sobre el ícono y de ella repartirá luego a los familiares del difunto;

En cuanto a las limosnas para los pobres, es habitual que, aparte de comida, a los cuarenta días y al año de la muerte, se repartan artículos de ropa y calzado, u objetos de uso doméstico, pero no hay razón para que esto no se haga en cualquier otro momento también, para el descanso del difunto. Existe también la costumbre de repartir la comida junto con los platos, los vasos y los cubiertos correspondientes,  en número fijo (seis, doce o veinticuatro), pero las normas de la iglesia son inespecíficas a este respecto, y, en realidad, cada uno puede repartir lo que considere oportuno, ya que el número de las raciones repartidas no tiene ninguna influencia sobre el descanso y el alma del difunto en el recuerdo del cual se da la limosna;

Al finalizar la misa y después de la bendición de las ofrendas de comida y bebida, los presentes están obligados a comer en actitud de recogimiento, rezando mentalmente para el difunto. No se puede hablar sin medida, hacer chistes, no se come ni se bebe como en una boda. En vez de brindar, al empezar la comida, se suele decir „¡Que en paz descanse!”, y cuando uno recibe un plato de comida o un vaso de vino, no debe dar las gracias sino decir „¡Que Dios reciba!”